A una dama de noche

Alejandro Tapia y Rivera (1826–1882)

¡Oh! ¿dime qué pesar tu seno encubre,qué triste desencantoen esa tu faz bella,dejó de un amarguísimo quebrantola dolorosa huella?¿Porqué te hastíasen medio de la fiesta rumorosa,en que brindan risueñas alegríastanto airoso galán y tanta hermosa?¿De un placentero amor lloras acasola pérdida doliente,que fiero se llevó tu fe o fervientebuscando vas tal vez, astro en ocaso,el ángel de tus últimos amores?¿Dónde el ingrato moraque engendra así doloresen el pecho del bien que ya le adora?Inútil fue, por Dios, tu lozanía(talismán ganador de corazones)que emprende ya su vueloy a la burlona marchitez sombríate lleva sin consuelo.Horrible es tu ansiedad: los aquilonesde cada helado inviernote muestran que tu hechizo no fue eterno,y cada primaveraque brinda nuevas floresa la tierna beldad, no lisonjeracontigo, te las da, pero marchitas;cada terrible estíote trae una nueva arrugay con ella un pesar y nuevo hastío.Tus artes multiplicas,torturas tu tocadoporque encubra la huella que ominosate trae con cada sol el tiempo alado;que ya como la lunaluces solo en la noche mentirosa,¡la luna! que durante el claro díanada, incolora, alumbra,mostrando solo en palidez sombríade su manchado disco la penumbra.Ay de ti, desdichada,pues temes que en tal guisade tu alma el gemelono reconozca en tu corola ajadala flor hermosa que soñó su anhelo-.¿Porqué, triste hermosura,si buscas a tu alma desterradael ángel de su amor, porqué cuitadate arrastras a la fiesta esplendorosado amor es mariposa?¿Porqué sigues del mundo el vano ruidocon esa faz llorosay el ánimo de penas abatido?¿Porqué en la dulce soledad modestano aguardas al rendidoamador? Para él molestacual para ti, quizás es la encantadaapariencia del frívolo contentoy ama, cual tú, gozoso apartamiento...Empero ya comprendo,flor de otoño angustiada,que no te suenan mal ni vano estruendo,ni férvidos placeres,ni fiesta alborozada;ni las mágicas perlasque adornan la beldad de otras mujeresfastidio te ocasionan.¿Suspiras por tenerlas?¿También cual ellas quieresque se cure en su brillo tu quebranto?¿Son ellas de tu llantola causa dolorosay no la soledad yerta, afanosade un casto corazón? ¡Ah, sí, deliraspor esas mismas perlas, no suspiraspor las que brinda amor puro y rendido!¡Ya! el amor no las da, las da... un marido.

(Madrid, 1852.)