Visiones del crepúsculo

Evaristo Carriego (1883–1912)

Ya la tarde libra el combate postrero,en las flechas de oro que lanza el ocaso,y se va — como un príncipe, caballeroen el rojo corcel del Ocaso. —

Se ahonda el misterio de las lejanías,misterio sombreado de tinte mortuorio,y el barrio se puebla de las letaníasque llegan del negro, cercano velorio.

Empieza a caer la nieve... Dulcemente,un rumor de canciones resuenaen el patio del conventillo de enfrente,que, en ritmos alegres, oculta una pena...

Las mozas, dicen sus ansias juveniles...— la salud se hizo canto en sus bocas,como en una lira de cuerdas virilesque guarda un deseo de imágenes locas:

Rayo de sol sobre la escarcha: la mustia,de inviolable sudario en el seno,copa repleta del vino de la angustiaque infiltra en la sangre su sabio veneno. —

Finge en arabescos la nieve que bajacomo lluvia de blancos pesares,una viejecita que hila su mortaja,o una novia que arroja azahäres.

Sobre una cabeza inquieta, entristecida,yo la veo caer, como un besoque absorviese los rencores de una heriday quedase en los bordes impreso.

Se desconsuela el barrio... Todos los malessalvajes resurgen aullando impacienciascomo presagios, que en las noches mortalesflorecen las llagas de sordas dolencias...

Asómate a la ventana, hermano. Mira,tras la niebla, espejismos extrañosde fiebres. Desde una frente que delira,soltó la tristeza sus buhos huraños...

Rondan sugestiones en el pensamiento,a todas las luchas del Crimen resueltas,y el ambiente es propicio al presentimientopues las bestias del mal andan sueltas.

...Me invade el miedo. Mi cerebro afiebradoes un biógrafo horrible de cosasfatídicas y raras de lo ignorado:donde van a caer, silenciosas.

En la casa del tísico, que los fríosllevaron al lecho, graznó una corneja:la inspiradora de los cuentos sombríosque junto a la lumbre musita la vieja...

La huerfanita, en el desván ha cesadode gemir, y, aunque nadie la asiste,en su glacial abandono se ha quedadoobsedada del sol, como triste

enferma que deseara un ardor eterno,y, envuelta en su suave caliente pelliza,tuviese en una noche cruda de inviernoun cálido sueño de tardes en Niza.

El mendicante se ha ido de la puerta..Dice algo muy hosco su ceño fruncido,como si algún dolor en su mano abiertaentre las limosnas hubiese caido.

El crónico del hospital, ya moribundo,sospecha, insensible, la gran Triunfadora,y como en neblinas ve pasar el mundo,sonámbulo grave que aguarda la hora...

En su instante supremo la frente inclina,como en su último adiós un bandidoque llorase al pie de la guillotina,y se fuese después redimido.

...¿Será el miedo, hermano? ¿No oyes como bramael viento en la calle, tan sola y oscura?...¡Si supieses! Anoche, junto a mi cama,con muecas burlonas pasó la Locura.