Rayo ardiente del mar helado y frío, y fulminante aborto, tendí el vuelo; incendio primogénito del yelo, logré las amenazas de mi brío.
Fatigué de Alemania el grande río; crecile, y calenté con sangre el suelo; azote permitido fui del cielo y terror del augusto señorío.
Y bala providente y vengadora, burlado de mi arnés, defensa vana, me trujo negro sueño y postrer hora.
Y, despojo a venganza soberana alma y cuerpo, me llora quien me llora: el que los pierde, ¿qué victorias gana?