Alimenté tu saña con la vida que en eterno dolor calificaste, ¡oh Lisi!; tanto amé como olvidaste: yo tu idolatra fui, tú mi homicida.
¿Cómo guarecerá fe tan perdida y el corazón que, ardiente, despreciaste? Siendo tu gloria tú, le condenaste, y ni de ti blasfema ni se olvida.
Mas para ti fabricará un infierno y pagarán tus ansias mis enojos, pues negaste piedad al llanto tierno.
Arderán tu victoria y tus despojos; y ansí, fuego el Amor nos dará eterno: a ti en mi corazón, a mí en tus ojos.