Pierdes el tiempo, Muerte, en mi herida, pues quien no vive no padece muerte; si has de acabar mi vida, has de volverte a aquellos ojos donde está mi vida.
Al sagrado en que habita retraída, aun siendo sin piedad, no has de atreverte; que serás vida, si llegase a verte, y quedarás de ti desconocida.
Yo soy ceniza que sobró a la llama; nada dejó de consumir el fuego que en amoroso incendio se derrama.
Vuélvete al miserable, cuyo ruego, por descansar en su dolor, te llama: que lo que yo no tengo, no lo niego.