Ya salió, Lamia, del jardín tu rostro; huyó la rosa que vistió la espina; y la azucena huyó y la clavellina, y, en el clavel, el múrice y el ostro.
Entro en el monte, a profesar el mostro, tu cara reducida a salvajina; toda malezas es, donde la encina mancha a la leche el ampo del calostro.
Los que fueron jazmines son chaparros, y cambroneras son las maravillas, simas y carcabuezos, los desgarros.
Jarales yertos, manos y mejillas; y los marfiles, rígidos guijarros. ¿Por qué te afeitas ya, pues te traspillas?