Céfiro blando, que mis quejas tristes tantas veces llevaste; claras fuentes, que con mis tiernas lágrimas ardientes vuestro dulce liquor ponzoña hicistes;
selvas que mis querellas esparcites, ásperos montes a mi mal presentes, ríos, que de mis ojos siempre ausentes, veneno al mar como tirano distes:
pues la aspereza de rigor tan fiero no me permite voz articulada, decid a mi desdén que por él muero.
Que si la viere el mundo transformada en el laurel, que por dureza espero, de ella veréis mi frente coronada.