A la soledad (Melgar)

Mariano Melgar (1790–1815)

Oh Soledad amable,Donde vive el sosiegoQue el hombre en otras partes busca en vano,Su deseo insaciableAviva el mundo, y luegoNiega lo que ofrecía: ¡Infiel tirano!Sólo aquí el pecho humanoSe engaña felizmente;Le asusta del retiro la apariencia,Mas viene a la experienciaY encuentra paz y gusto solamente.¡Qué tranquilo se gozaCuando en su dulce centro se reposa!

Como fieros lebrelesDe su amo al pie tendidosYacen al pie del alma las pasionesYa no alzan las infielesRuidosos alaridos:Cesaron sus funestas conmociones.Con serias reflexiones,Su grandeza eminenteVuelve a tomar el hombre envilecido;Conoce que ha nacidoA ser amigo del Omnipotente,Y que su amistad tiernaDurará más que el mundo, será eterna.

Si viniera aquí un sabio,Lleno de ciencia impía,Mudará pronto su engañado juicio;Y de su mismo labioTodo el mundo oiríaQue hay inmortalidad y un Dios propicio.El castigo del vicioHace que temerosa,Huyendo de su Autor busque la nada,Un alma abandonada;Pero venga a esta casa silenciosa,Y Verá cuánto preciaDe ser benigno el Dios de nuestra Iglesia.

Como si el que ha caídoA manos de un contrarioCon cerrarse los ojos, escapase;Se cree guarecidoEl hombre temerarioCuando de sus miserias caso no hace.Jamás oír le placeAl que su bien procuraY teme huir del mal que se le espera;Pero si aquí vinieraConociera y sanar su locura;Con paz, con alegría,Desengaño y remedio encontraría.

Oí al dulce BatiloCantar el campo hermoso,Hierbas y flores, fuentes y ganados.Allá busqué mi asiloPero me fue engañoso.No se calmaron todos mi cuidados;Aquí estaban cerradosLos bienes que buscaba;Sólo aquí es mi deseo satisfecho,Y abismado mi pecho,Comienza a contar dichas y no acaba.Venid, venid amigos,Y de esto y mucho más seréis testigos.