La última broma de Schopenhauer

Mauricio Bacarisse (1895–1931)

A Schopenhauer, el huraño,le hizo un epitafio barrocoen un cuento mordaz y extrañoMaupassant, aprendiz de loco.

Había muerto el profesoravinagrado y pesimista;guardaba su tez el livorde unos reflejos amatista;

y en aquella cámara ardientelloraban por el corifeolos discípulos del ingentefilósofo bilioso y feo.

Desvanecíase en sahumeriode los espliegos la fragancia;flotaba inquietante misterioen el ambiente de la estancia.

Un joven a otro probabaque de la vida el lapso es nimio.¡Ya para siempre descansabaSchopenhauer, cara de simio!

Mas el concurso estremeciosecon gran pavor, y no era en balde:una sonrisa percibioseen el difunto rostro jalde.

¿Resucitaba? ¿Sonreía?Corrió un plural escalofrío.El maestro la boca abríacon un gesto que daba frío.

Todos rompieron a tremar;su pensamiento fue asaltadopor el caso de Valdemarque Poe genial ha narrado.

Luego sintieron el crujirde unas mandíbulas chirriantes;¿tenían algo que decirlos muertos labios alarmantes?

De los mustios labios de ArturoSchopenhauer brotó algo incierto:un objeto rígido y duroque rodó a los pies del gran muerto.

Los discípulos avanzaroncon gran temor y gran premura.Yaciendo en el piso encontraron...una postiza dentadura.

¡Oh, filósofo cejijunto,maestro caduco de la zumbaque aprovechaste estar difuntopara una broma de ultratumba!

Maupassant que ganó la borlade doctor en abracadabra,pues vio una noche con el Horlade Satán la pata de cabra,

sobre aquel docto cenotafiodejó esa adelfa de amargor.¡Fue un donoso y bello epitafioal viejo erizo de Francfort!

Maupassant narró esta aventura;Maupassant, dolorido y fuerte,que fue al burdel de la Locuraa desposarse con la Muerte.