A Pompeya

Pedro Antonio de Alarcón (1833–1891)

Cuando amanezca el iracundo díaque en la mente de Dios leyó el Profeta,y, al agrio son de la final trompeta,abandone de Adán la raza impía,

ora el sosiego de l ahuesa fría,ora los lares de la vida inquieta,y pase el JUICIO extremo, y el del Planetaquede la extensa faz muda y vacía,

no será tan horrendo y pavorosoencontrar por doquier huellas del hombrey ni un hombre en campiñas ni ciudades,

como verte, sin vida ni reposo,desierta y mancillada por tu nombre,expiar ¡oh Pompeya! tus maldades.