Un recuerdo (Carvajal)

Rafael Carvajal (1819–1878)

Mi rostro juvenil sombreando apenas,el bozo aparecía,¡ay! entonces sentía¡sí! cuando sonreíacorrer mis horas de contento llenas.

Jamás la pena ni el dolor mi pechohabían lacerado;tranquilo, sosegadode mí mismo vivía satisfecho.

Con risa placentera la inocencia,cual diosa de mi auroravelaba protectoracon su manto mi plácida existencia.

Encanto y seducción siempre ofrecíanmis ocios regaladosy, libres de cuidados,con dulcísimos goces me adormían.

Las caricias y tiernas emocionesde mi madre queridame daban nueva vidade hermosas y variadas ilusiones.

Grato era el resplandor del claro día:al asomar la auroraalegre y seductorala tarde cada vez me parecía.

Grato era el murmurar, del arroyuelo,y musical y suaveel canto con que el avela luz miraba que le enviaba el cielo.

Magnífico era ver del sol doradoel majestuoso pasoallá en su lindo ocasode nubes juguetonas circundado.

Radiante de fulgor aparecías¡tú siempre clara luna!Jamás me fue importunala inspiradora luz que me ofrecías.

Tranquilo era mi sueño ¡qué contentoal despertar mostrabafeliz, cuando escuchabadel eco maternal el dulce acento!

¡Cuan plácida del alba relucíay la luz encantadora!Y música sonorael ruido matinal me parecía.

Mi faz siempre risueña; complacidami mente se extasiabay al mundo contemplabacual Edén lleno de placer y vida.

Mas, dime madre querida¿por qué esos tiempos volaron,por qué tan pronto llegaronlas horas de padecer?

¡Ay! para mí desdichadotodo cambió en un instante:ráfaga de aire inconstantefue para mi alma el placer.

Como esa luz engañosaque cruza en la noche oscura,dejando en pos la pavurade más densa oscuridad,pasaron esos instantesy vino en pos del tormento:ilusión fue mi contentoy el dolor fue realidad.

Dime, madre idolatrada,¿cuando meciste mi cunano vertió lágrima algunatu maternal compasión?¡Ah! sí, lloraste al mirarmeprofundamente dormido,cuando un présago gemidoexhaló mi corazón.

Lloraste, sí, madre mía,y una lágrima piadosa,surcando tu faz hermosa,pudo a mi seno venir:guárdola yo desde entonces,como reliquia del cielo,como lágrima de dueloque mostró mi porvenir.

Dulce consuelo buscaste,al despertarme propicia,con esa tierna cariciaque tu cariño me dio;y al mirar que te pagabacon mi sonrisa inocente,a tus faldas ledamentetu ternura me llevó.

Pero curar no pudistetu sentimiento profundoal verme ya de este mundoen el terrible huracán;y, apresándome en tu seno,una vez y otra exclamaste:«¡Hijo mío!» y me besastecon afectuoso ademán.

¡Ah! cuanta razón tuvistedesde entonces, madre mía;tu cariño predecíade mi vida el amargor;y quien sabe si allá dentrode tu pecho condolido,encontraste en mi gemidoun presagio de dolor.

Si entonces adivinadohubieras con tu ternuracuan aciaga desventurame ofrecía el porvenir,con razón, madre querida,conjurando al hado impíodijeras: «¡Ay hijo mío,más te valiera morir».

Ya mi noche lastimerala mitad de su carreraterminando,en este enojoso mundotodo en silencio profundova dejando:

y en melancólica calma,acá en el fondo del almacongojosa,entre el ¡ay! del infeliceoigo una voz que me dicemisteriosa:

tanto crimen inhumanotanta sacrílega manono te asombre;que en verdad, del hombre, os digo,el más pérfido enemigoes el hombre.

¿Ves el sueño deleitosocon que el señor poderosose regala?Es la imagen de otro sueñoque al esclavo con el dueñopronto iguala.

No hay entonces desventuray termina la amargurade esta vida:sólo allá vive la calma,esa dulce paz del alma,tan querida.

Los placeres halagüeñosson quiméricos ensueños,son mentira,con que el alma fascinada,cuanto más vive engañada,más suspira.

Este mismo sueño breveque el hombre a gozar se atrevees delirio,es tregua de las pasionesa esta vida de ilusionesy martirio.

Todo duerme, hasta el malvado,de sus crímenes pagado,¡quién creyera!duerme sin ver preparadapendiente sobre él la espadajusticiera.

Sólo la madre amorosa,de sus hijos cuidadosa,yace en vela;y a su afecto reverentees, de la vida inocente,centinela.

¿Qué del hombre sucediera,si a su lado no tuvieraen la infancia,de una madre el dulce anhelo,sus caricias, su consuelo,su constancia?

Mas no, que también velandoen su triste soledad,con el alma doloridaun hijo infeliz está;

y en medio de la amargurade su mísera aflicciónal suspirar por su madrecalma un tanto su dolor.

¡Ay! suspiro, que en mi pechoel amor hizo nacer,parte veloz, ahora mismo,adonde mi alma se fue;

y dile a mi dulce madre,ocultando tu aflicción,que eres consuelo en su ausencia,que eres prenda de su amor.

Y dile, si acaso llora,proscrito al verme infeliz,por Dios, que enjugue su llanto,que no lo vierta por mí.

Tal vez sus lágrimas pías,agravando su pesarharanme víctima tristede inconsolable orfandad.

Que ella es la luz de mis ojos,el remedio en mi dolor,el sostén de mi esperanza,la vida del corazón.

Que guarde su tierno llantopara otro cercano mal...¡Quizá las puertas se me abrende la inmensa eternidad!

Que una lágrima en mi tumbadebo a sus ojos pedir;pero esa lágrima sólopor el tiempo que viví.

Entre tanto, madre mía,calme el cielo tu aflicción,recordando que padezcopor mi patria y por mi honor.

Todo harán mis enemigoscon la fuerza y su maldad;pero no impedir que te ame,eso no, jamás podrán:

Y a que conozcas te envíodesde extranjera mansión«Un recuerdo», a tu memoriay a tus caricias, mi amor.