Perico el ciego

Vicente Barrantes (1829–1898)

Baladas españolas

Cantan los ciegos,¡y lloramos nosotrosque la luz vemos!TRUEBA.- El libro de los cantares.

ILas gentes degeneradasya solo gustan de oírhistorias desaliñadas,o coplas desvergonzadas,que en burlas hagan reír.

Cuentecillos de ladronesy de mujeres perdidas;romances y relaciones;y las antiguas cancionesde nadie son oídas.

Y en vano el ciego se agarraa su podrida guitarra,y tañendo y punteando,manos y voz se desgarra,a todas horas cantando.

Buen patricio a su manera,cantor de la hispana gloria,le aflige y le desesperaque el pueblo olvide su historia,y recordarla no quiera.

Nada moderno le agrada;y habla y oye con desdéna esta gente degradada,que no le pregunta nadadel dos de Mayo y Bailén.

¡Pobre ciego! ¡Pobre Homerode Cides y de Bernardos!es español verdaderoy canta a españoles; pero,...¡qué españoles tan bastardos!

Las blancas noches de estío,cuando el pueblo vive y goza,baja al Prado, baja al río,y al pobre ciego, ¡Dios mío!desdeña la gente moza.

Y en corro férvido y gratorompiendo el aplauso apenas,oye a otro ciego insensatoel vergonzoso relatode mil historias obscenas.

Y más Perico se agarraa su podrida guitarra,y su perro fiel ahúlla,y aunque su voz se desgarra¡ay! la confunde la bulla.

Y al fin el sueño le agobiasin tocar su seca manoel busto de un rey cristiano,que le diga en castellano:-Hijo soy yo de Segovia.

-Y juntos el perro y éla su bohardilla se van,a partir, con mano fielnegros mendrugos de pan,más negros que su mantel.

IIEl hambre es mal consejerodel hombre desesperado;por culpa de Don Dinerose hace ladrón el honradoy villano el caballero.

Pero el de buen corazónque firme virtud esmalta,no sabe hacerse ladrón,y busca lo que le faltaen la santa religión.

Por las calles de la villacamina Perico a tientas,con su perro y su varilla,y es triste el color que brillaen sus facciones hambrientas.

Llega a un pórtico elevado,lleno de placer inmensoel ciego desventurado,que busca un templo sagrado,y olor hay allí de incienso.

Con sus zapatos de plata,y su manto de escarlataallí está Santa Cecilia,a quien adora y acatala trovadora familia.

Perico también la adora,y en sus tristezas mayoressu ayuda eficaz implora,como a santa protectorade músicos y cantares.

Al punto a su fiel guitarraentusiasmado se agarra,y canta, puesto de hinojos,con voz que el dolor desgarray lágrimas en los ojos:

Madre amorosa del cantor doliente,tú que sostienes su inspirado vuelo,y el himno humilde que su labio exhalallevas al cielo;

Dame siquiera que a tus pies espireblanda armonía para ti exhalando,y ya que el ciego sin ventura muera,muera cantando.

Ve que el vivir en tan aciagos días,es a mis hombros insufrible carga,que ya el dolor en odio se conviertey en hiel amarga.

El pueblo imbécil de su Dios se olvida,y tiene el nombre de su patria en poco,y de sus padres el honor desdeña,mísero y loco.

Yo le perdono su desden impío:a él su desdicha como a mí me abona.¡Cantar! ¡cantar en tan menguados díassanta patrona!

¿Altares ves? al oro se levantan;¿Amores, ves? el oro es su tesoro;¡el oro es Dios! ¡es alma! ¿quién supieracantar al oro?

A la par que el ciego cantaen los labios de la santase dibuja una sonrisa,leve espuma que levantasobre las olas la brisa.

Y cuando en su horror del orollanto de fe y arrebatomezclaba al cantar sonorohízole la santa el coro,arrojándole... un zapato.

¡Oh venturoso Perico!¡oh cantador sin igual!¡bien haya tu dulce pico!ya por un don celestial,pobre Perico, eres rico.

IIIEn el siglo diez y nuevenadie a tener fe se atreve,y no hay quien milagros crea...¡Cómo! ¡una santa se mueve!inverosímil idea.

¡Y su zapato de plataarroja desde el altar,en pago a una serenata...!¿quién ha podido inventartan risible patarata?

-¡Alguacil! mete al inmundosacrílego autor del roboen calabozo profundo.Eso es burlarse del mundo...¡ni que el mundo fuera bobo!

IVUn cadalso se levantaen la puerta de Toledo;allí el ladrón de la santaejemplo va a dar y miedo,muriendo por la garganta.

Toda la Ronda está llena,que siempre a Madrid le plugo,villa ilustre, honrada y buena,una función de verdugotanto como una verbena.

Y no pondré yo mancillapor eso en la heroica villa:sus tradiciones respeta:donde tiene el rey su sillano hay ladrones... de chaqueta.

En tosco sayo enfundado,besando al Crucificado,va caballero Pericosobre un humilde borricocon un religioso al lado.

-Hermanos, ¡muero inocente!grita a la apiñada gente;-y todos responden: -¡calla!-y a poco un motín estallacontra el ladrón impudente.

Un herege, alma sin par,la rienda traba al borrico,y así se atreve a esclamar:-¿Qué hace la santa, Perico,que no te viene a salvar?

Al cielo su faz levantaPerico, y en su gargantaseca, resonó esta frase:-Si la santa declarase...-Pues que declare la santa.

Y ya no pudo seguirel fraile su santa homilía,que empezó el tumulto a hervir,y todo el pueblo a decir:-Declare Santa Cecilia.

Cogen del áspera riendaal afrentoso animal,y antes que el juez lo defiendaarrastran al criminala la iglesia reverenda.

VEl pobre ciego se agarraa su podrida guitarra,y canta, puesto de hinojos,con voz que el dolor desgarra,y lágrimas en los ojos:

Sublime protectorade la familiade cantores y músicos,Santa CeciliaDesde tu trono glorioso,habla por mí,que en un cadalso afrentosomuero por ti.

El populacho insensatolo escuchaba con desden,que se convirtió en recato,al ver que el otro zapatola santa le dio también.

No faltando ¡voto a bríos!quien dijera en tono gravepor no confesar que hay Dios:-Es que la santa no sabeque son de plata los dos.