No llegó a tanta envidia de los hados, ni bastó para tanto fuerza alguna; temió quejas del mundo la Fortuna; vio sus atrevimientos respetados.
Y veisle: yace en mármoles helados (así lo quiere Dios) el que ninguna diestra temió debajo de la luna; el que armó con su pecho sus soldados.
La cana edad le perdonó piadosa; la flaca enfermedad le guardó vida con que buscar pudiera honrosa muerte.
Todo lo malogró mano alevosa, quitando al mundo el miedo en una herida, desmintiendo promesas a su suerte.