Rubén Darío publicó este poema en Cantos de vida y esperanza (Madrid, 1905), el libro en que el modernismo deja de presumir y empieza a hacer cuentas. Darío tenía treinta y ocho años. El libro entero está escrito desde ese punto en que la juventud ya se puede mirar desde fuera.
La estructura es un estribillo y un desfile. La cuarteta Juventud, divino tesoro vuelve una y otra vez, igual, y entre una vuelta y la siguiente pasa una mujer, y otra, y otra: cada una es un tramo de la vida del que habla, y ninguna se queda. El estribillo no comenta lo que pasa entre medias; solo vuelve, y al volver mide cuánto se ha ido.
Lo que salva al poema del puro lamento es el último verso. Tras nueve o diez estrofas de cuenta atrás, el que habla no cierra con la pérdida: cierra reclamando algo que todavía no le han quitado. Ese giro de un solo verso es la razón de que el poema se siga recitando de memoria más de un siglo después.