El verdugo

1835

De los hombres lanzado al desprecio,de su crimen la víctima fui,y se evitan de odiarse a sí mismos,fulminando sus odios en mí.Y su rencoral poner en mi mano, me hicieronsu vengador;y se dijeron«Que nuestra vergüenza común caiga en él;se marque en su frente nuestra maldición;su pan amasado con sangre y con hiel,su escudo con armas de eterno baldónsean la herenciaque legue al hijo,el que maldijola sociedad.»¡Y de mí huyeron,de sus culpas el manto me echaron,y mi llanto y mi voz escucharonsin piedad!

Al que a muerte condena le ensalzan...¿Quién al hombre del hombre hizo juez?¿Que no es hombre ni siente el verdugoimaginan los hombres tal vez?¡Y ellos no venQue yo soy de la imagen divinacopia también!Y cual dañinafiera a que arrojan un triste animalque ya entre sus dientes se siente crujir,así a mí, instrumento del genio del mal,me arrojan el hombre que traen a morir.Y ellos son justos,yo soy maldito;yo sin delitosoy criminal:mirad al hombreque me paga una muerte; el dinerome echa al suelo con rostro altanero,¡a mí, su igual!

El tormento que quiebra los huesosy del reo el histérico ¡ay!,y el crujir de los nervios rompidosbajo el golpe del hacha que cae,son mi placer.Y al rumor que en las piedras rodandohace, al caer,del triste saltandola hirviente cabeza de sangre en un mar,allí entre el bullicio del pueblo ferozmi frente serena contemplan brillar,tremenda, radiante con júbilo atrozque de los hombresen mí respiratoda la ira,todo el rencor:que a mí pasaronla crueldad de sus almas impía,y al cumplir su venganza y la míagozo en mi horror.

Ya más alto que el grande que altivocon sus plantas hollara la leyal verdugo los pueblos miraron,y mecido en los hombros de un rey:y en él se hartó,embriagado de gozo aquel díacuando espiró;y su alegríasu esposa y sus hijos pudieron notar,que en vez de la densa tiniebla de horror,miraron la risa su labio amargar,lanzando sus ojos fatal resplandor.Que el verdugocon su enconosobre el tronose asentó:y aquel puebloque tan alto le alzara bramando,otro rey de venganzas, temblando,en él miró.

En mí vive la historia del mundoque el destino con sangre escribió,y en sus páginas rojas Dios mismomi figura imponente grabó.La eternidadha tragado cien siglos y ciento,y la maldadsu monumentoen mí todavía contempla existir;y en vano es que el hombre do brota la luzcon viento de orgullo pretenda subir:¡preside el verdugo los siglos aún!Y cada gotaque me ensangrienta,del hombre ostentaun crimen más.Y yo aún existo,fiel recuerdo de edades pasadas,a quien siguen cien sombras airadassiempre detrás.

¡Oh! ¿por qué te ha engendrado el verdugo,tú, hijo mío, tan puro y gentil?En tu boca la gracia de un ángelpresta gracia a tu risa infantil.!Ay!, tu candor,tu inocencia, tu dulce hermosurame inspira horror.¡Oh!, ¿tu ternura,mujer, a qué gastas con ese infeliz?¡Oh!, muéstrate madre piadosa con él;ahógale y piensa será así feliz.¿Qué importa que el mundo te llame cruel?¿mi vil oficioquerrás que siga,que te maldigatal vez querrás?¡Piensa que un díaal que hoy miras jugar inocente,maldecido cual yo y delincuentetambién verás!

De las Poesías de José de Espronceda (1840), a partir de la transcripción de Wikisource en español.

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