A Emilia

1824

Desde el suelo fatal de mi destierroTu triste amigo, Emilia deliciosa,Te dirige su voz; su voz que un díaEn los campos de Cuba florecientesVirtud, amor y plácida esperanzaCantó felice, de tu bello labioMereciendo sonrisa aprobadora,Que satisfizo su ambición. AhoraSólo gemir podrá la triste ausenciaDe todo lo que amó, y enfurecidoTronar contra los viles y tiranosQue ajan de nuestra patria desoladaEl seno virginal. Su torvo ceñoMostróme el despotismo vengativo,Y en torno de mi frente acumuladaRugió la tempestad. Bajo tu techoLa venganza burlé de los tiranos.Entonces tu amistad celeste, pura,Mitigaba el horror á los insomniosDe tu amigo proscripto y sus dolores.Me era dulce admirar tus formas bellasY atender á tu acento regalado,Cual lo es al miserable encarceladoEl aspecto del cielo y las estrellas.Horas indefinibles, inmortales,De angustia tuya y de peligro mío,¡Cómo volaron! — Extranjera naveArrebatóme por el mar sañudo,Cuyas oscuras, turbulentas olasMe apartan ya de playas españolas.

Heme libre por fin: heme distanteDe tiranos y siervos. Mas, Emilia,¡Qué mudanza cruel! EnfurecidoBrama el viento invernal: sobre sus alasVuela y devora el suelo desecadoEl yelo punzador. Espesa nieblaVela el brillo del sol, y cierra el cielo,Que en dudoso horizonte se confundeCon el oscuro mar. Desnudos gimenPor do quiera los árboles la sañaDel viento azotador. Ningún ser vivoSe ve en los campos. Soledad inmensaReina y desolación, y el mundo yertoSufre de invierno cruel la tiranía.¿Y es ésta la mansión que trocar deboPor los campos de luz, el cielo puro,La verdura inmortal y eternas floresY las brisas balsámicas del climaEn que el primero sol brilló á mis ojosEntre dulzura y paz?... — EstremecidoMe detengo, y agólpanse á mis ojosLágrimas de furor... ¿Qué importa? Emilia,Mi cuerpo sufre, pero mi alma fieraCon noble orgullo y menosprecio aplaudeSu libertad. Mis ojos doloridosNo verán ya mecerse de la palmaLa copa gallardísima, doradaPor los rayos del sol en occidente;Ni á la sombra del plátano sonanteEl ardor burlaré del medio día,Inundando mi faz en la frescuraQue espira el blando céfiro. Mi oído,En lugar de tu acento regalado,Ó del eco apacible y cariñosoDe mi madre, mi hermana y mis amigas,Tan sólo escucho de extranjero idiomaLos bárbaros sonidos: pero al menosNo lo fatiga del tirano infameEl clamor insolente, ni el gemidoDel esclavo infeliz, ni del azoteEl crujir execrable que emponzoñanLa atmósfera de Cuba. ¡Patria mía,Idolatrada patria! tu hermosuraGoce el mortal en cuyas torpes venasGire con lentitud la yerta sangre,Sin alterarse al grito lastimosoDe la opresión. En medio de tus camposDe luz vestidos y genial belleza,Sentí mi pecho férvido agitadoPor el dolor, como el Oceano bramaCuando le azota el norte. Por las noches,Cuando la luz de la callada lunaY del limón el delicioso aroma,Llevado en alas de la tibia brisaÁ voluptuosa calma convidaban,Mil pensamientos de furor y sañaEntre mi pecho hirviendo, me nublabanEl congojado espíritu y el sueñoEn mi abrasada frente no tendíaSus alas vaporosas. De mi patriaBajo el hermoso y desnublado cieloNo pude resolverme á ser esclavoNi consentir que todo en la naturaFuese noble y feliz, menos el hombre.Miraba ansioso al cielo y á los camposQue en derredor callados se tendían,Y en mi lánguida frente se veíanLa palidez mortal y la esperanza.

Al brillar mi razón, su amor primeroFué la sublime dignidad del hombre,Y al murmurar de patria el dulce nombre,Me llenaba de horror el extranjero.¡Pluguiese al cielo, desdichada Cuba,Que tu suelo tan sólo produjeseHierro y soldados! La codicia iberaNo tentáramos, ¡no! Patria adorada,De tus bosques el aura embalsamadaEs al valor, á la virtud funesta.¿Cómo viendo tu sol radioso, inmenso,No se inflama en los pechos de tus hijosGeneroso valor contra los vilesQue te oprimen audaces y devoran?

¡Emilia! ¡dulce Emilia! la esperanzaDe inocencia, de paz y de venturaAcabó para mí. ¿Qué gozo restaAl que desde la nave fugitivaEn el triste horizonte de la tardeHundirse vió los montes de su patriaPor la postrera vez? Á la mañanaAlzóse el sol, y me mostró desiertosEl firmamento y mar... ¡Oh! ¡cuán odiosaMe pareció la mísera existencia!Bramaba en torno la tormenta fieraY yo sentado en la agitada popaDel náufrago bajel, triste y sombrío,Los torvos ojos en el mar fijando,Meditaba de Cuba en el destinoY en sus tiranos viles, y gemía,Y de rubor y cólera temblaba,Mientras el viento en derredor rugía,Y mis sueltos cabellos agitaba.

¡Ah! también otros mártires... ¡Emilia!Do quier me sigue en ademán severoDel noble Hernández la querida imagen.¡Eterna paz á tu injuriada sombra,Mi amigo malogrado! Largo tiempoEl gran flujo y reflujo de los añosPor Cuba pasará sin que produzcaOtra alma cual la tuya, noble y fiera.¡Victima de cobardes y tiranos,Descansa en paz! Si nuestra patria ciega,Su largo sueño sacudiendo, llegaÁ despertar á libertad y gloria,Honrará, como debe, tu memoria.

¡Presto será que refulgente auroraDe libertad sobre su puro cieloMire Cuba lucir! Tu amigo, Emilia,De hierro fiero y de venganza armado,Á verte volverá, y en voz sublimeEntonará de triunfo el himno bello.Mas si en las lides enemiga fuerzaMe postra ensangrentado, por lo menosNo obtendrá mi cadáver tierra extraña,Y regado en mi féretro gloriosoPor el llanto de vírgenes y fuertesMe adormiré. La universal ternuraExcitaré dichoso, y enlazadaMi lira de dolores con mi espada,Coronarán mi noble sepultura.

De la obra poética de José María Heredia, a partir de la transcripción de Wikisource en español.

Dominio públicoEste poema está en el dominio público. Puedes leerlo, copiarlo, recitarlo y publicarlo sin pedir permiso a nadie.