En el Teocalli de Cholula

1820

¡Cuánto es bella la tierra que habitabanLos aztecas valientes! En su senoEn una estrecha zona concentradosCon asombro se ven todos los climasQue hay desde el polo al ecuador. Sus llanosCubren á par de las doradas miesesLas cañas deliciosas. El naranjoY la piña y el plátano sonante,Hijos del suelo equinoccial, se mezclanÁ la frondosa vid, al pino agreste,Y de Minerva al árbol majestoso.Nieve eternal corona las cabezasDe Iztaccihual purísimo, OrizabaY Popocatepec; sin que el inviernoToque jamás con destructora manoLos campos fertilísimos, do ledoLos mira el indio en púrpura ligeraY oro teñirse, reflejando el brilloDel Sol en occidente, que serenoEn hielo eterno y perennal verduraÁ torrentes vertió su luz dorada,Y vió á naturaleza conmovidaCon su dulce calor hervir en vida.

Era la tarde: su ligera brisaLas alas en silencio ya plegabaY entre la hierba y árboles dormía,Mientras el ancho sol su disco hundíaDetras de Iztaccihual. La nieve eternaCual disuelta en mar de oro, semejabaTemblar en torno de él; un arco inmensoQue del empíreo en el cenit finabaComo espléndido pórtico del cieloDe luz vestido y centellante gloria,De sus últimos rayos recibíaLos colores riquísimos. Su brilloDesfalleciendo fué: la blanca lunaY de Venus la estrella solitariaEn el cielo desierto se veían.¡Crepúsculo feliz! Hora más bellaQue la alma noche ó el brillante dia.¡Cuánto es dulce tu paz al alma mía!

Hallábame sentado en la famosaCholuteca pirámide. TendidoEl llano inmenso que ante mí yacía,Los ojos á espaciarse convidaba.¡Qué silencio! ¡qué paz! ¡Oh! ¿quién diríaQue en estos bellos campos reina alzadaLa bárbara opresión, y que esta tierraBrota mieses tan ricas, abonadaCon sangre de hombres, en que fué inundadaPor la superstición y por la guerra?...

Bajó la noche en tanto. De la esferaEl leve azul, oscuro y más oscuroSe fué tornando: la movible sombraDe las nubes serenas, que volabanPor el espacio en alas de la brisa,Era visible en el tendido llano.Iztaccihual purísimo volvíaDel argentado rayo de la lunaEl plácido fulgor, y en el orienteBien como puntos de oro centellabanMil estrellas y mil... ¡Oh! yo os saludoFuentes de luz, que de la noche umbriaIlumináis el velo,Y sois del firmamento poesía.

Al paso que la luna declinaba,Y al ocaso fulgente descendíaCon lentitud, la sombra se extendíaDel Popocatepec, y semejabaFantasma colosal. El arco oscuroÁ mí llegó, cubrióme, y su grandezaFué mayor y mayor, hasta que al caboEn sombra universal veló la tierra.

Volví los ojos al volcán sublime,Que velado en vapores transparentes,Sus inmensos contornos dibujabaDe occidente en el cielo.¡Gigante del Anáhuac! ¿cómo el vueloDe las edades rápidas no imprimeAlguna huella en tu nevada frente?Corre el tiempo veloz, arrebatandoAños y siglos como el norte fieroPrecipita ante sí la muchedumbreDe las olas del mar. Pueblos y reyesViste hervir á tus pies, que combatíanCual hora combatimos y llamabanEternas sus ciudades, y creíanFatigar á la tierra con su gloria.Fueron: de ellos no resta ni memoria.¿Y tú eterno serás? Tal vez un díaDe tus profundas bases desquiciadoCaerás; abrumará tu gran ruïnaAl yermo Anáhuac; alzaránse en ellaNuevas generaciones, y orgullosasQue fuiste negarán...Que fuiste negarán...Todo perecePor ley universal. Aun este mundoTan bello y tan brillante que habitamos,Es el cadáver pálido y deformeDe otro mundo que fué...

En tal contemplación embebecidoSorprendióme el sopor. Un largo sueñoDe glorias engolfadas y perdidasEn la profunda noche de los tiempos,Descendió sobre mí. La agreste pompaDe los reyes aztecas desplegóseÁ mis ojos atónitos. VeíaEntre la muchedumbre silenciosaDe emplumados caudillos levantarseEl déspota salvaje en rico trono,De oro, perlas y plumas recamado;Y al son de caracoles belicososIr lentamente caminando al temploLa vasta procesión, do la aguardabanSacerdotes horribles, salpicadosCon sangre humana rostros y vestidos.Con profundo estupor el pueblo esclavoLas bajas frentes en el polvo hundía,Y ni mirar á su señor osaba,De cuyos ojos férvidos brotabaLa saña del poder.La saña del poder.Tales ya fueronTus monarcas, Anáhuac, y su orgullo:Su vil superstición y tiraníaEn el abismo del no ser se hundieron.Si, que la muerte, universal señora,Hiriendo á par al déspota y esclavo,Escribe la igualdad sobre la tumba.Con su manto benéfico el olvidoTu insensatez oculta y tus furoresÁ la raza presente y la futura.Esta inmensa estructuraVió á la superstición más inhumanaEn ella entronizarse. Oyó los gritosDe agonizantes víctimas, en tantoQue el sacerdote, sin piedad ni espanto,Les arrancaba el corazón sangriento;Miró el vapor espeso de la sangreSubir caliente al ofendido cieloY tender en el sol fúnebre veloY escuchó los horrendos alaridosCon que los sacerdotes sofocabanEl grito del dolor.El grito del dolor.Muda y desiertaAhora te ves, Pirámide. ¡Más valeQue semanas de siglos yazcas yerma,Y la superstición á quien servisteEn el abismo del infierno duerma!Á nuestros nietos últimos, emperoSé lección saludable; y hoy al hombreAl cielo, cual Titán, truena orgullosoSé ejemplo ignominiosoDe la demencia y del furor humano.

De la obra poética de José María Heredia, a partir de la transcripción de Wikisource en español.

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