En una tempestad

1822

Huracán, huracán, venir te siento,Y en tu soplo abrasadoRespiro entusiasmadoDel señor de los aires el aliento.

En las alas del viento suspendidoVedle rodar por el espacio inmenso,Silencioso, tremendo, irresistible,En su curso veloz. La tierra en calmaSiniestra, misteriosa,Contempla con pavor su faz terrible.¿Al toro no miráis? El suelo escarbanDe insoportable ardor sus pies heridos:La frente poderosa levantando,Y en la hinchada nariz fuego aspirandoLlama la tempestad con sus bramidos.

¡Qué nubes! ¡qué furor! El sol temblandoVela en triste vapor su faz gloriosa,Y su disco nublado sólo vierteLuz fúnebre y sombría,Que no es noche ni día...¡ Pavoroso color, velo de muerte!Los pajarillos tiemblan y se escondenAl acercarse el huracán bramando,Y en los lejanos montes retumbandoLe oyen los bosques, y á su voz responden.

Llega ya... ¿No le veis? ¡Cuál desenvuelveSu manto aterrador y majestoso...¡ Gigante de los aires te saludo...!En fiera confusión el viento agitaLas orlas de su parda vestidura...¡Ved...! ¡en el horizonteLos brazos rapidísimos enarca,Y con ellos abarcaCuanto alcanzo á mirar de monte á monte!

¡Oscuridad universal...! ¡Su soploLevanta en torbellinosEl polvo de los campos agitado...!En las nubes retumba despeñadoEl carro del Señor, y de sus ruedasBrota el rayo veloz, se precipita,Hiere y aterra al suelo,Y su lívida luz inunda al cielo.

¿Qué rumor? ¿Es la lluvia...? DesatadaCae á torrentes, oscurece al mundo,Y todo es confusión, horror profundo.Cielo, nubes, colinas, caro bosque,¿Dó estáis...? Os busco en vano:Desparecisteis... La tormenta umbríaEn los aires revuelve un oceanoQue todo lo sepulta...Al fin, mundo fatal, nos separamos:El huracán y yo solos estamos.

¡Sublime tempestad! ¡Cómo en tu seno,De tu solemne inspiración henchido,Al mundo vil y miserable olvidoY alzo la frente, de delicia lleno!¿Dó está el alma cobardeQue teme tu rugir...? Yo en ti me elevoAl trono del Señor: oigo en las nubesEl eco de su voz; siento á la tierraEscucharle y temblar. Ferviente lloroDesciende por mis pálidas mejillas,Y su alta majestad trémulo adoro.

De la obra poética de José María Heredia, a partir de la transcripción de Wikisource en español.

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