A un clasicista que habló de suicidarse

Flores del destierro, 1885

A un anciano abatidoAvive el buen cristianoEl seso adormecido,Ponga al hierro mortífero la mano,Mas no a la sien insano,Sino a tierra, en arado convertido.

Mírese por el suelo —El vasto cráneo roto,Tinto en su sangre el pudoroso veloDe sus hijas, y al sotoEl cuerpo echado, el alma opaca al cielo.

Y mire al relucienteSeñor, de ira vestido,Y de luz de relámpagos, la frenteNublar de oro encendidoY cielo abajo echar al impaciente.

Y como desraigadoRoble del alto EreboMírese por los vientos arrastradoY deshecho, y de nuevoPor prófugo a la vida condenado.

Pues ¿cómo en el remansoSabroso de la muerteDerecho igual al plácido descansoTendrán el alma fuerteY la cobarde, el réprobo y el manso?

De «Flores del destierro» (1885, póstumo). Texto cotejado con las Obras Completas (CLACSO), Poesía I.

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