Canto de otoño
1882
¡Bien; ya lo sé! La Muerte está sentadaa mis umbrales: cautelosa viene,por que sus llantos y su amor no aprontenen mi defensa, cuando lejos viven,padres e hijo. Al retornar ceñudode mi estéril labor, triste y oscuracon que a mi casa del invierno abrigode pie sobre las hojas amarillas,en la mano fatal la flor del sueño,la negra toca en alas rematada,ávido el rostro, trémulo la mirocada tarde aguardándome a mi puerta.En mi hijo pienso, y de la dama oscurahuyo sin fuerzas, devorado el pechode un frenético amor. ¡Mujer más bellano hay que la Muerte! ¡Por un beso suyobosques espesos de laureles varios,y las adelfas del amor, y el gozode remembrarme mis niñeces diera!...Pienso en aquel a quien mi amor culpabletrajo a vivir, y, sollozando, esquivo
de mi amada los brazos; mas ya gozo.de la aurora perenne el bien seguro.
¡Oh, vida, adiós! Quien va a morir, va muerto.¡Oh, duelos con la sombra! ¡Oh, pobladoresocultos del espacio! ¡Oh formidablesgigantes que a los vivos azoradosmueven, dirigen, postran, precipitan!¡Oh, cánclave de jueces, blandos sóloa la virtud, que en nube tenebrosa,en grueso manto de oro recogidos,y duros como peña, aguardan torvosa que al volver de la batalla rindan—como el frutal sus frutos—de sus obras de paz los hombres cuentade sus divinas alas!... ¡De los nuevosárboles que sembraron, de las tristeslágrimas que enjugaron, de las fosasque a los tigres y víboras abrieron,y de las fortalezas eminentesque al amor de los hombres levantaron!¡Esta es la dama, el rey, la patria, el premioapetecido, la arrogante moraque a su brusco señor cautiva esperallorando en la desierta barbacana!Este el santo Salem, éste el Sepulcrode los hombres modernos. ¡No se viertamás sangre que la propia! ¡No se batasino al que odie al amor! ¡Unjanse prestosoldados del amor los hombres todos!¡La tierra entera marcha a la conquistade este rey y señor, que guarda el cielo!
...¡Viles! ¡El que es traidor a sus deberes,muere como un traidor, del golpe propiode su arma ociosa el pecho atravesado!¡Ved que no acaba el drama de la vidaEn esta parte oscura! ¡Ved que luegotras la losa de mármol o la blandacortina de humo y césped se reanudael drama portentoso! ¡Y ved, oh viles,que los buenos, los tristes, los burlados,serán en la otra parte burladores!
Otros de lirio y sangre se alimentan:¡yo no! ¡yo no! Los lóbregos espaciosrasgué desde mi infancia con los tristespenetradores ojos: el misterioen una hora feliz de sueño acasode los jueces así, y amé la vidaporque del doloroso mal me salvade volverla a vivir. Alegrementeel peso eché del infortunio al hombro:porque el que en huelga y regocijo vive.y huye el dolor, y esquiva las sabrosaspenas de la virtud, irá confusodel frío y torvo juez a la sentencia,cual soldado cobarde que en herrumbredejó las nobles armas. ¡Y los juecesno en su dosel le ampararán, no en brazosle encumbrarán, mas lo echarán altivosa odiar a amar y batallar de nuevoen la fogosa sofocante arena!¡Oh! ¿qué mortal que se asomó a la vidavivir de nuevo quiere?...
Puede ansiosala muerte, pues, de pie en las hojas secas,esperarme a mi umbral con cada turbiatarde de Otoño, y silenciosa puedeirme tejiendo con helados coposmi manto funeral.
No di al olvidolas armas del amor: no de otra púrpuravestí que de mi sangre. Abre los brazos,listo estoy, madre Muerte: ¡al juez me lleva!
¡Hijo!... ¿Qué imagen miro? ¿Qué llorosavisión rompe la sombra, y blandamentecomo con luz de estrella la ilumina?¡Hijo!... ¿Qué me demandan tus abiertosbrazos? ¿A qué descubres tu afligido.pecho? ¿Por qué me muestras tus desnudospies, aun no heridos, y las blancas manosvuelves a mí, tristísimo gimiendo?....¡Cesa! ¡calla! ¡reposa! ¡vive! ¡El padreno ha de morir hasta que a la ardua lucharico de todas armas lance al hijo!¡Ven, oh mi hijuelo, y que tus alas blancasde los abrazos de la muerte oscuray de su manto funeral me libren!