El padre suizo
Versos libres, 1882
Dicen que un suizo, de cabello rubioY ojos secos y cóncavos, mirandoCon desolado amor a sus tres hijos,Besó sus pies, sus manos, sus delgadas,Secas, enfermas, amarillas manos;Y súbito, tremendo, cual airadoTigre que al cazador sus hijos roba,Dio con los tres, y con sí mismo luego,En hondo pozo—¡y los robó a la vida!Dicen que el bosque iluminó radianteUna rojiza luz, y que a la bocaDel pozo oscuro—sueltos los cabellos,Cual corona de llamas que al monarcaDoloroso, al humano, sólo al bordeDel antro funeral la sien desciñe,—La mano ruda a un tronco seco asida,Contra el pecho huesoso, que sus uñasMismas sajaron, los hijuelos mudosPor su brazo sujetos, como en nocheDe tempestad las aves en su nido,El alma a Dios, los ojos a la selva,Retaba el suizo al cielo, y en su tornoPareció que la tierra iluminabaLuz de héroe, ¡y que el reino de la sombraLa muerte de un gigante estremecía!
¡Padre sublime, espíritu supremoQue por salvar los delicados hombrosDe sus hijuelos, de la carga duraDe la vida sin fe, sin patria, torvaVida sin fin seguro y cauce abierto,Sobre sus hombros colosales pusoDe su crimen feroz la carga horrenda!¡Los árboles temblaban, y en su pechoHuesoso, los seis ojos espantadosDe los pálidos niños, seis estrellasPara guiar al padre iluminadas,Por el reino del crimen, parecían!¡Ve, bravo! ¡Ve, gigante! ¡Ve, amorosoLoco! ¡y las venenosas zarzas pisaQue roen como tósigos las plantasDel criminal, en el dominio lóbregoDonde andan sin cesar los asesinos!¡Ve!—¡que las seis estrellas luminosasTe seguirán, y te guiarán, y ayudaA tus hombros darán cuantos hubierenBebido el vino amargo de la vida!