Hierro

Versos libres, 1882

Ganado tengo el pan: hágase el verso,—Y en su comercio dulce se ejerciteLa mano, que cual prófugo perdidoEntre oscuras malezas, o quien llevaA rastra enorme peso, andaba ha pocoSumas hilando y revolviendo cifras.Bardo, ¿consejo quieres? Pues descuelgaDe la pálida espalda ensangrentadaEl arpa dívea, acalla los sollozosQue a tu garganta como mar en furiaSe agolparán, y en la madera ricaTaja plumillas de escritorio y echaLas cuerdas rotas al movible viento.

¡Oh alma! ¡oh alma buena! ¡mal oficioTienes!: ¡póstrate, calla, cede, lameManos de potentado, ensalza, excusaDefectos, tenlos—que es mejor maneraDe excusarlos—, y mansa y temerosaVicios celebra, encumbra vanidades:Verás entonces, alma, cuál se truecaEn plato de oro rico tu desnudoPlato de pobre!

Pero guarda ¡oh alma!¡Que usan los hombres hoy oro empañado!Ni de eso cures, que fabrican de oroSus joyas el bribón y el barbilindo:Las armas no,—¡las almas son de hierro!

Mi mal es rudo; la ciudad lo encona;Lo alivia el campo inmenso. ¡Otro más vastoLo aliviará mejor!—Y las oscurasTardes me atraen, cual si mi patria fueraLa dilatada sombra.

¡Oh verso amigo,Muero de soledad, de amor me muero!No de amores vulgares; estos amoresEnvenenan y ofuscan. No es hermosaLa fruta en la mujer, sino la estrella.¡La tierra ha de ser luz, y todo vivoDebe en torno de sí dar lumbre de astro!¡Oh, estas damas de muestra! ¡Oh, estas copasDe carne! ¡Oh, estas siervas, ante el dueñoQue las enjoya o estremece echadas!¡Te digo, oh verso, que los dientes duelenDe comer de esta carne!

Es de inefableAmor del que yo muero, del muy dulceMenester de llevar, como se llevaUn niño tierno en las cuidosas manos,Cuanto de bello y triste ven mis ojos.

Del sueño, que las fuerzas no reparaSino de los dichosos, y a los tristesEl duro humor y la fatiga aumenta,Salto, al sol, como un ebrio. Con las manosMi frente oprimo, y de los turbios ojosBrota raudal de lágrimas. ¡Y miroEl sol tan bello y mi desierta alcoba,Y mi virtud inútil, y las fuerzasQue cual tropel famélico de hirsutasFieras saltan de mí buscando empleo;Y el aire hueco palpo, y en el muroFrío y desnudo el cuerpo vacilanteApoyo, y en el cráneo estremecidoEn agonía flota el pensamiento,Cual leño de bajel despedazadoQue el mar en furia a la playa ardiente arroja!¡Sólo las flores del paterno pradoTienen olor! ¡Sólo las seibas patriasDel sol amparan! Como en vaga nubePor suelo extraño se anda; las miradasInjurias nos parecen, y ¡el Sol mismo,Más que en grato calor, enciende en ira!¡No de voces queridas puebla el ecoLos aires de otras tierras: y no vuelanDel arbolar espeso entre las ramasLos pálidos espíritus amados!De carne viva y profanadas frutasViven los hombres, ¡ay! ¡mas el proscriptoDe sus entrañas propias se alimenta!¡Tiranos: desterrad a los que alcanzanEl honor de vuestro odio: ya son muertos!¡Valiera más ¡oh bárbaros! que al puntoDe arrebatarlos al hogar, hundieraEn lo más hondo de su pecho honradoVuestro esbirro más cruel su hoja más dura!Grato es morir, horrible vivir muerto.¡Mas no! ¡mas no! La dicha es una prendaDe compasión de la fortuna al tristeQue no sabe domarla. A sus mejoresHijos desgracias da Naturaleza:Fecunda el hierro al llano, ¡el golpe al hierro!

De «Versos libres» (1882). Texto cotejado con las Obras Completas (CLACSO), Poesía I.

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