Mi poesía

Versos libres, 1882

Muy fiera y caprichosa es la Poesía,A decírselo vengo al pueblo honrado:La denuncio por fiera. Yo la sirvoCon toda honestidad: no la maltrato;No la llamo a deshora cuando duerme,Quieta, soñando, de mi amor cansada,Pidiendo para mí fuerzas al cielo;No la pinto de gualda y amarantoComo aquesos poetas; no le estrujoEn un talle de hierro el franco seno;Y el cabello dorado, suelto al aire,Ni con cintas retóricas le cojo:No: no la pongo en lindas vasijasQue morirían; sino la vierto al mundoA que cree y fecunde, y ruede y crezcaLibre cual las semillas por el viento.Eso sí: cuido mucho de que seaClaro el aire en su torno; musicales,—Puro su lecho y limpio surtido—Los rasos que la amparan en el sueño,

Y limpios y aromados sus vestidos.—Cuando va a la ciudad, mi PoesíaMe vuelve herida toda, el ojo secoY como de enajenado, las mejillasComo hundidas, de asombro: los dos labiosGruesos, blandos, manchados; una que otraLuta de cieno—en ambas manos purasY el corazón, por bajo el pecho rotoComo un cesto de ortigas encendido:Así de la ciudad me vuelve siempre:Mas con el aire de los campos curaBajo del cielo en la serena nocheUn bálsamo que cierra las heridas.¡Arriba, oh corazón!: ¿quién dijo muerte?

Yo protesto que mimo a mi Poesía:Jamás en sus vagares la interrumpo,Ni de su ausencia larga me impaciento.¡Viene a veces terrible! ¡Ase mi mano,Encendido carbón me pone en ellaY cual por sobre montes me la empuja!Otras ¡muy pocas! viene amable y buena,Y me amansa el cabello; y me conversaDel dulce amor, ¡y me convida a un baño!Tenemos ella y yo, cierto recodoPúdico en lo más hondo de mi pecho:¡Envuelto en olorosa enredadera!—Digo que no la fuerzo, y jamás la adorno,Y sé adornar; jamás la solicito,Aunque en tremendas sombras suelo a vecesEsperarla, llorando, de rodillas.Ella ¡oh coqueta grande! en mi nubeAirada entra, la faz sobre ambas manosMirando como crecen las estrellas.

Luego, con paso de ala, envuelta en polvoDe oro, baja hasta mí, resplandeciente.Viome un día infausto, rebuscando necio—Perlas, zafiros, ónices, crucesPara ornarle la túnica a su vuelta.Ya de un lado, piedras teníaCruces y acicaladas en hilera,Octavas de claveles, cuartetinesDe flores campesinas; tríos, dúosDe ardiente licor y pálida azucena.¡Qué guirnaldas de décimas! ¡qué flecosDe sonoras quintillas! ¡qué ribetesDe pálido romance! ¡qué lujososBroches de rima rara! ¡qué repuestoDe mil consonantes servicialesPara ocultar con juicio las junturas:Obra, en fin, de suprema joyería!—Mas de pronto una lumbre silenciosaBrilla; las piedras todas palidecen,Como muertas, las flores caen en tierraLívidas, sin colores: ¡es que bajabaDe ver nacer los astros mi Poesía!—Como una cesta de caretas rotasEché a un lado mis versos. Digo al puebloQue me tiene oprimido mi Poesía:Yo en todo la obedezco: apenas sientoPor cierta voz del aire que conozcoSu próxima llegada, pongo en fiestaCráneo y pecho; levántanse en la mente,Alados, los corceles; por las venasLa sangre ardiente al paso se dispone;¡El aire limpio, alejo los invitados,Muevo el olvido generoso, y barroDe mí las impurezas de la tierra!¡No es más pura que mi alma la palomaVirgen que llama a su primer amigo!Baja; vierte en mi mano unas extrañasFlores que el cielo da, flores que queman;—Como de un mar que sube, sufre el pecho,Y a la divina voz, la idea dormida,Royendo con dolor la carne tersaBusca, como la lava, su camino:De hondas grietas el agujero luego queda,Como la falda de un volcán cruzado;Precio fatal de los amores con el cielo:Yo en todo la obedezco: yo no esquivoEstos padecimientos, yo le cubroDe unos besos que lloran, sus dos blancasManos que así me acabarán la vida.Yo ¡qué más! cual de un crimen ignoradoSufro, cuando no viene: yo no tengoOtro amor en el mundo ¡oh mi Poesía!¡Como sobre la pampa el viento negroCae sobre mí tu enojo!A mí, que te respeto.De su altivez me quejo al pueblo honrado:De su soberbia femenil. No sufre.Espera. No perdona. Brilla, y quiereQue con el limpio brillo del aceroYa el verso al mundo cabalgando salga;—¡Tal, una loca de pudor, apenasUn minuto al artista el cuerpo ofrecePara que esculpa en mármol su hermosura!—¡Vuelan las flores que del cielo bajan,Vuelan, como irritadas mariposas,Para jamás volver, las crueles vuelan...

De «Versos libres» (1882). Texto cotejado con las Obras Completas (CLACSO), Poesía I.

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